En los lejanos años sesenta del siglo pasado, existió una bodega de telas, allá por el rumbo de la calle de
José María Izazaga, casi esquina con San Juan de Letrán, cuyo dueño era un judío de nombre Yehuda Wein.
Este señor, emigrado de la vieja Europa, tenía un ayudante de aspecto muy feo, de gran estatura y de
aspecto algo particular. Era tan raro que muchos decían que no era humano sino artificial. Lo cierto es que
tenía fuerza descomunal y era capaz de cargar un rollo de tela de más de 80 kilos en cada brazo. Este
extraño ser tenía por nombre Gólem; así lo llamaba su patrón, lo que sonaba muy extraño a los mexicanos,
quienes optaron por sustituirlo por algo más coloquial: Goyo, ó Goyito para los que tenían un especial
cariño por él, aunque algunas señoras más respetuosas preferían llamarlo Gregorio. Él era muy silencioso y
su aspecto era terrible, pero a pesar de su aspecto tan feo, era muy gentil y pacífico y ayudaba a todos
los habitantes del barrio. Eso sí, los sábados se tomaba el día libre y no era posible encontrarlo por
ninguna parte. Hacia todo lo que le pedían, siempre y cuando le dieran órdenes muy precisas y literales;
había que ser muy claro. Famosa era la anécdota cuando don Güicho, el taquero de la esquina, necesitaba
mover unas cajas de refresco y le pidió a Goyito que le echara una mano.
No bien completaba la frase cuando el monigote aquel se quitó una mano y acto seguido, lanzó la
extremidad hacia el taquero, noqueándolo en la mera cara. Aún hoy el anciano Güicho muestra la cicatriz
que le quedó desde entonces. El monigote era también la delicia de los niños del barrio, hijos de los
vecinos y también de los llamados “de la calle”, los cuales había varios. Alguna vez notando la talla del
gigantón, se les ocurrió ponerlo de portero en un partido de futbol organizado en la cuadra, pero el
monstruo dejaba pasar las pelotas sin apenas moverse. Los balones le pasaban por los lados, encima de la
cabeza y aún entre las piernas. Sus compañeros del equipo le espetaban “¡Carajo, Goyo! ¡Nomás estás
papando moscas, ya ponte las pilas!” Por lo que el gigantón procedió a tomar unas baterías marca Ray-o-
Vac del mostrador de la miscelánea de Doña Susi y metérselas en la boca, lo que provocó grandes risas
entre todos los niños. Algunos de esos mismos chamacos, movidos por la curiosidad, procedieron a espiar
al judío y al gigantón. Una noche treparon al techo y asomándose por un tragaluz observaron cómo el
anciano judío escribía unos extraños signos en un pedazo de papel y lo metía a la boca del gigantón, con lo
cual este cayó al suelo inmóvil. La gente creyó que aquello que denunciaron los niños era puro invento,
fruto, sin duda, de la imaginación infantil, aunque otros pensaban que más bien se debía a la cantidad de
solventes que habían inhalado.
Una vez al calor de una botella de vino que compartía con el señor Sánchez, dueño de la peluquería de enfrente, Don Yehuda, ya encopado, le confió que habían tenido que salir rápidamente de Praga justo antes de la ocupación nazi y que su familia mantenía en resguardo al Gólem. Era una misión importante que había sido encomendada a su familia por un legendario Rabino, hacía muchos años, centurias atrás; heredada generación tras generación. Tenían que evitar que Gólem cayera en manos de las Waffen-SS. Tras innumerables botellas, contó que originalmente habían zarpado desde el puerto de Le Havre en un barco de bandera Turca con rumbo a Argentina, donde los esperaba un agente de la resistencia de apellido Borges, quien los escondería en Buenos Aires. Pero nunca llegaron. El barco tuvo que desviarse del camino evitando una peligrosa tormenta y tras una breve escala en La Habana, y ante el peligro de encontrarse con un submarino alemán, el capitán decidió enfilar rumbo a Coatzacoalcos, Veracruz.
El judío Yehuda, languidecía tristemente extrañando su antiguo hogar en Praga y decía que algún día iba a regresar a su país. Para paliar un poco su tristeza este señor se refugiaba en la literatura y en los libros en general. Tenía infinidad de volúmenes, los cuales se acumulaban por todas partes, el vestíbulo, la cocina, el baño y estancia, inclusive en la recámara donde arrumbaba a Goyo. Una afición que le consumía gran parte de la noche y día, por la cual tenía toda la casa muy descuidada y sucia, situación que generaba todo tipo de alimañas y cucarachas. Paulatinamente empezó a descuidar la bodega de telas también y dejó de abrir con demasiada frecuencia.
Una noche el Judío Yehuda, intentando tomar un tratado sobre el Karma que estaba sobre una pila de libros, se encontró finalmente con su destino. Los volúmenes se derrumbaron sobre su cabeza, asestando un golpe mortal. Sobre su cabeza cayó un ejemplar del I Ching, quedando abierto en el hexagrama cuarenta: Shieh, la Liberación; dejando desamparado para siempre al gigantón.
Los habitantes del barrio no extrañaron al viejo judío, dado que siempre decía que algún día iba a regresar a Praga, así que supusieron que por fin lo había hecho. Nunca más se volvió a saber de él. Durante varios días, semanas y meses, el sol y la luna, iluminaron alternadamente el rostro del Gólem, que se difuminaba tras una capa de polvo.
Un día, una cucaracha que se había alimentado de grandes cantidades de papel de los libros que guardaba el judío Yehuda, se encontró con el cuerpo inerme del Gólem, alumbrado por la penumbrosa luz de la tarde. La cucaracha, que a fuerza de consumir infinidad de textos selectos, se había convertido en una especie de eminencia. Era un gourmet: había despachado cientos de ejemplares de Spinoza, Faulkner, Cervantes y también del mexicano Rulfo entre muchos otros. Este bicho sintió curiosidad por el gigantesco cuerpo que yacía tendido, abandonado desde hacía mucho tiempo. Por lo que se dispuso a explorarlo. Rápidamente encontró una apertura hacia el interior a través de una oreja y después de divagar un buen rato por el cavernoso cuerpo, de pronto se encontró con un pedazo de papel. El bicho, por cuyas mandíbulas habían desaparecido fabulosos ejemplares de la Divina Comedia de Dante, los Diálogo de Platón y aún un raro tratado de Copernicus, sintió hambre y tras probar un pedazo de aquel trozo con extraños caracteres, se dispuso a devorarlo por entero, saboreando cada letra, que aunque le resultaron un poco amargas, tenían un sabor curioso, ligeramente picante. Después de tan exótica merienda, sobrevino un largo bostezo, —sí, las cucarachas también bostezan—, y se dispuso a dormir. Soñó que era un filósofo chino, que a su vez soñaba que era una mariposa volando por el cielo azul, alto, muy alto. Abajo, se podía divisar la ciudad, los grandes edificios ahora lucían pequeñísimos, y por primera vez el insecto se sintió inmenso.
Una vez al calor de una botella de vino que compartía con el señor Sánchez, dueño de la peluquería de enfrente, Don Yehuda, ya encopado, le confió que habían tenido que salir rápidamente de Praga justo antes de la ocupación nazi y que su familia mantenía en resguardo al Gólem. Era una misión importante que había sido encomendada a su familia por un legendario Rabino, hacía muchos años, centurias atrás; heredada generación tras generación. Tenían que evitar que Gólem cayera en manos de las Waffen-SS. Tras innumerables botellas, contó que originalmente habían zarpado desde el puerto de Le Havre en un barco de bandera Turca con rumbo a Argentina, donde los esperaba un agente de la resistencia de apellido Borges, quien los escondería en Buenos Aires. Pero nunca llegaron. El barco tuvo que desviarse del camino evitando una peligrosa tormenta y tras una breve escala en La Habana, y ante el peligro de encontrarse con un submarino alemán, el capitán decidió enfilar rumbo a Coatzacoalcos, Veracruz.
El judío Yehuda, languidecía tristemente extrañando su antiguo hogar en Praga y decía que algún día iba a regresar a su país. Para paliar un poco su tristeza este señor se refugiaba en la literatura y en los libros en general. Tenía infinidad de volúmenes, los cuales se acumulaban por todas partes, el vestíbulo, la cocina, el baño y estancia, inclusive en la recámara donde arrumbaba a Goyo. Una afición que le consumía gran parte de la noche y día, por la cual tenía toda la casa muy descuidada y sucia, situación que generaba todo tipo de alimañas y cucarachas. Paulatinamente empezó a descuidar la bodega de telas también y dejó de abrir con demasiada frecuencia.
Una noche el Judío Yehuda, intentando tomar un tratado sobre el Karma que estaba sobre una pila de libros, se encontró finalmente con su destino. Los volúmenes se derrumbaron sobre su cabeza, asestando un golpe mortal. Sobre su cabeza cayó un ejemplar del I Ching, quedando abierto en el hexagrama cuarenta: Shieh, la Liberación; dejando desamparado para siempre al gigantón.
Los habitantes del barrio no extrañaron al viejo judío, dado que siempre decía que algún día iba a regresar a Praga, así que supusieron que por fin lo había hecho. Nunca más se volvió a saber de él. Durante varios días, semanas y meses, el sol y la luna, iluminaron alternadamente el rostro del Gólem, que se difuminaba tras una capa de polvo.
Un día, una cucaracha que se había alimentado de grandes cantidades de papel de los libros que guardaba el judío Yehuda, se encontró con el cuerpo inerme del Gólem, alumbrado por la penumbrosa luz de la tarde. La cucaracha, que a fuerza de consumir infinidad de textos selectos, se había convertido en una especie de eminencia. Era un gourmet: había despachado cientos de ejemplares de Spinoza, Faulkner, Cervantes y también del mexicano Rulfo entre muchos otros. Este bicho sintió curiosidad por el gigantesco cuerpo que yacía tendido, abandonado desde hacía mucho tiempo. Por lo que se dispuso a explorarlo. Rápidamente encontró una apertura hacia el interior a través de una oreja y después de divagar un buen rato por el cavernoso cuerpo, de pronto se encontró con un pedazo de papel. El bicho, por cuyas mandíbulas habían desaparecido fabulosos ejemplares de la Divina Comedia de Dante, los Diálogo de Platón y aún un raro tratado de Copernicus, sintió hambre y tras probar un pedazo de aquel trozo con extraños caracteres, se dispuso a devorarlo por entero, saboreando cada letra, que aunque le resultaron un poco amargas, tenían un sabor curioso, ligeramente picante. Después de tan exótica merienda, sobrevino un largo bostezo, —sí, las cucarachas también bostezan—, y se dispuso a dormir. Soñó que era un filósofo chino, que a su vez soñaba que era una mariposa volando por el cielo azul, alto, muy alto. Abajo, se podía divisar la ciudad, los grandes edificios ahora lucían pequeñísimos, y por primera vez el insecto se sintió inmenso.
Al despertar notó una extraña pesadez en sus extremidades, pero al mismo tiempo, sintió una gran fuerza
y una gran vitalidad, algo que nunca antes había sentido en su miserable y rastrera vida. Quiso levantarse,
pero al hacerlo sintió como el piso entero se movía ostentosamente. Algo muy raro estaba pasando. Buscó
un espejo y éste le devolvió el reflejo del Gólem. Se había operado un extraño sortilegio por medio del
cual ahora la cucaracha había pasado a ser la conciencia del coloso aquel y se congratuló grandemente.
Harto de ser menospreciado por su anterior condición ínfima, ahora tenía piernas y brazos inmensos y
fuertes. Ahora podría pretender y enamorar a cuanta doncella se le apeteciera, cosa que juzgaba fácil
dado todos los volúmenes de poesía que había consumido y aprendido de memoria y que podría repetir al
oído de cualquier manceba. Y porque también hay que decirlo, aquel viejillo judío, al que todos tenían
como un señor muy culto y muy decente, casi un santo, era así mismo aficionado a las revistas peladas.
Esas que tienen fotos de mujeres desnudas y en posturas indecentes, mismas por las que la cucaracha
también había adquirido el gusto por las hembras humanas. Ahora, con piernas fuertes, no tendría que
correr espantado para evitar ser pisado, ahora, seria por fin respetado. Recordó una frase del Quijote de
Cervantes: “Correr a donde los valientes no se atrevieron, alcanzar la estrella inalcanzable. ¡He aquí mi
destino, Sancho!”, remató con extraña voz pringosa, más propia de un insecto que de un ser colosal y se
dispuso a salir sin temor a la noche, al mundo externo.
La repentina reaparición de Goyito causó gran alegría en el barrio. Corrían a abrazarlo y a decirle que lo extrañaban y cuanto lo querían. Pero pronto se hizo evidente que algo iba mal. Cuanta cosa le ordenaban el monstruo se negaba a realizarlo y tras recitar algunos extraños versículos del Capital de un tal Marx, se daba la vuelta propinando vehementes desplantes a los vecinos. Un niño que había ido en bicicleta a la tienda, quiso aprovechar para divertirse una vez más y le dijo al gigantón que si le podía echar un ojo a su birula. Gregorio contestó molesto: ! Mira escuincle caguengue, yo no soy tu burla, vete a molestar a otra parte, mentecato! acto seguido le propinó una sonora frase quijotesca: “ Más vale una palabra a tiempo que cien a destiempo” Lo que provocó el llanto en aquel pobre niño. Pronto empezaron los murmullos y se corrió el rumor de que Goyo se había vuelto malo.
Lo peor vino cuando intentó llevar a cabo su plan de enamorar a una linda manceba. Se dispuso a ir a ver a Rosita, una bonita chica de piel morena y grandes pechos que atendía la farmacia junto a la peluquería, pero que vivía por el rumbo de Puente de Alvarado casi esquina con Ponciano Arriaga, en un departamento encima de una Tlapaleria. Al llegar al edificio donde vivía Rosita, Goyo pensó en darle una sorpresa y se le ocurrió recitarle el Cantar de los Cantares através de la ventana del cuarto donde dormía la chica. Trepó fácilmente hasta la marquesina sobre el primer piso y se asomó sigilosamente a la ventana, y por una apertura entre las cortinas divisó a la chica de espaldas peinándose, acabada de bañarse y apenas vestida con una pequeña toalla. Hipnotizado por aquella imagen, contempló por un buen rato a la muchacha, pero ella, al sentir una mirada encima, volteó y al descubrir a Gregorio, se cubrió los hombros con la toalla y acusó al monstruo de abusivo mirón.
La repentina reaparición de Goyito causó gran alegría en el barrio. Corrían a abrazarlo y a decirle que lo extrañaban y cuanto lo querían. Pero pronto se hizo evidente que algo iba mal. Cuanta cosa le ordenaban el monstruo se negaba a realizarlo y tras recitar algunos extraños versículos del Capital de un tal Marx, se daba la vuelta propinando vehementes desplantes a los vecinos. Un niño que había ido en bicicleta a la tienda, quiso aprovechar para divertirse una vez más y le dijo al gigantón que si le podía echar un ojo a su birula. Gregorio contestó molesto: ! Mira escuincle caguengue, yo no soy tu burla, vete a molestar a otra parte, mentecato! acto seguido le propinó una sonora frase quijotesca: “ Más vale una palabra a tiempo que cien a destiempo” Lo que provocó el llanto en aquel pobre niño. Pronto empezaron los murmullos y se corrió el rumor de que Goyo se había vuelto malo.
Lo peor vino cuando intentó llevar a cabo su plan de enamorar a una linda manceba. Se dispuso a ir a ver a Rosita, una bonita chica de piel morena y grandes pechos que atendía la farmacia junto a la peluquería, pero que vivía por el rumbo de Puente de Alvarado casi esquina con Ponciano Arriaga, en un departamento encima de una Tlapaleria. Al llegar al edificio donde vivía Rosita, Goyo pensó en darle una sorpresa y se le ocurrió recitarle el Cantar de los Cantares através de la ventana del cuarto donde dormía la chica. Trepó fácilmente hasta la marquesina sobre el primer piso y se asomó sigilosamente a la ventana, y por una apertura entre las cortinas divisó a la chica de espaldas peinándose, acabada de bañarse y apenas vestida con una pequeña toalla. Hipnotizado por aquella imagen, contempló por un buen rato a la muchacha, pero ella, al sentir una mirada encima, volteó y al descubrir a Gregorio, se cubrió los hombros con la toalla y acusó al monstruo de abusivo mirón.
Gregorio negó todo, pero como es bien sabido, el decir una mentira causa que a cualquier monigote, ya
sea de madera, lodo o hecho de piedra, le crezca la nariz; pero en el caso del gigantón la fórmula operó
de forma extraña y la parte que le creció fue mucho más abajo. Rosita, al ver aquella protuberancia en la
bragueta del monstruo, se ofendió aún más y ordenó a gritos al monstruo que se largara. En ese momento
llegó Humberto Francisco, el novio de la chica y empezó a pegarle a Goyo, claro, sin hacerle mucha mella,
pero logrando que perdiera el equilibrio, cayendo desde la marquesina hasta el piso de abajo sobre una
pirámide formada por muchas de latas de insecticida Baygón, que en ese momento la Tlapalería tenia de
oferta y que provocó que Gregorio, huyera despavorido. Menudo escándalo se armó. Llegaron muchos
vecinos del barrio con lámparas de mano y comenzaron a amenazar al gigantón, que avergonzado empezó
a correr asustado con la multitud persiguiéndolo. La escena era como de película de terror. Al llegar al
monumento de la Revolución, cercado por la multitud y necesitando urgentemente un escape, Gregorio
recordó que en sus años como cucaracha había aprendido a caminar por paredes y techos, así que procedió
a escalar por una pata del monumento hasta llegar a la cima. Exhausto, con rabia, dolor y lágrimas en los
ojos, observó a los humanos allá abajo. En ese momento, la conciencia, es decir, el insecto que estaba
dentro del gigantón, decidió que ya había tenido suficiente de todo aquello y se dispuso a abandonar a su
anfitrión. Salió por una oreja, percibiendo el viento soplando fuerte sobre su caparazón, sintió miedo,
pero envalentonado, resolvió que ya no necesitaba las alas de ninguna mariposa, esta cucaracha podía
volar con sus propias alas. “que las feridas que se reciben en la batalla, antes dan honra que la quitan,
Sancho”. Dicho esto, se lanzó al vacío, sobrevolando la ciudad de los humanos. Pinches humanos, ¿quién se
creen, miserables organismos, como para despreciarla? En cuanto puso los pies en la tierra, es decir las
patas, pensó en organizar la emancipación de todas las cucarachas, en cómo podían dejar de mendigar y
robar comida, dejar de vivir en la oscuridad húmeda y sucia. Se dirigió a una coladera, a buscar a sus
congéneres, reuniría una multitud de cucarachas y conquistarían a toda la ciudad, qué digo a la ciudad, ¡al
país entero! La cucaracha que poseía toda la sabiduría, que había devorado tomos enteros de la
Encyclopaedia Brytannica estaba destinada a la grandeza; dirigiría grandes hordas de cucarachas para
conquistar el planeta,“¡Dichosa edad, y siglo dichoso aquel donde saldrán a luz las famosas hazañas mías,
dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas para memoria en lo futuro!”
En esta y otras cosas estaba pensando la cucaracha, cuando una señora la aplastó, mientras caminaba
distraídamente.
¿Y qué pasó con el Gólem? Quedó inmóvil, petrificado en las alturas del Monumento a la Revolución. Si tú te fijas bien, entre las figuras que adornan las esquinas de la cima, podrás distinguirlo. Dice la profecía, que espera el momento para cobrar vida una vez más, y vengarse de todos y cada uno de los seres humanos; aguardando pacientemente, al final de los tiempos.
¿Y qué pasó con el Gólem? Quedó inmóvil, petrificado en las alturas del Monumento a la Revolución. Si tú te fijas bien, entre las figuras que adornan las esquinas de la cima, podrás distinguirlo. Dice la profecía, que espera el momento para cobrar vida una vez más, y vengarse de todos y cada uno de los seres humanos; aguardando pacientemente, al final de los tiempos.
